Buck Carraig
Justicia, una palabra curiosa esta, depende por la boca de quien salga adquiere un significado u otro.
Yo mismo la he pronunciado muchas veces, y ha movido mis acciones otras tantas, quitado el sueño innumerables noches y marcando los pasos de mi vida los últimos 20 años.
Justicia, eso fue lo último que dije antes de coger el camino hacía el oeste.
A mis 42 años he pasado por una infinidad de situaciones. Nací en Virginia, cerca de Alexandria, en una pequeña granja de las afueras de la ciudad. Mis padres criaban vacas y ovejas, sin muchas pretensiones de la vida simplemente les daba para proporcionar un plato de comida en la mesa.
Me encantaba jugar a ser mi padre, y gracias a eso aprendí a montar muy joven, con una yegua de tamaño pequeño y pelaje pardo.
Aunque los primeros años tuve que criarme con mi madre y mis abuelos. Ya que mi padre luchó en la Guerra, de parte de los secesionistas.
Y cuándo el alcohol embriagaba su mente contaba alguna historia de enfrentamientos y escaramuzas. Incluso soltaba el famoso grito rebelde cuándo estaba alegre.
Aprendí a leer y a escribir en la Iglesia del pueblo, con algo de interés por la historia y las matemáticas, pero no me gustaba estudiar, prefería estar en la granja rodeado de vaqueros viendo como hacen su trabajo y deseoso de poder involucrarme en algún menester con ellos.
Sin muchas sorpresas llegué a la adolescencia y conocí al amor de mi vida. Aquella muchacha de ojos risueños que cuándo se enfadaba te atravesaban. Fue mi alegría por muchos años, ella me animó a pedir empleo al cuerpo de policía de Alexandria y no pude hacer otra cosa que seguir su consejo.
Pasé las pruebas sobradamente, tenía buena soltura con el caballo y estaba en plena forma física. Nos dieron unas clases básicas de leyes y a los dos meses de ingresar acabé mi formación. Se me hinchaba el pecho exhibiendo mi placa en él. Y patrullaba las calles buscando cualquier incidente para hacer valer mi autoridad. Esa actitud no me duró mucho.
Mi compañero era un veterano llamado Jimmy Conway una mala bestia con unos brazos como mi cabeza. Y le encantaba su trabajo. Tanto que le daba para mantener dos familias con el sobresueldo que se sacaba. Pero yo era un novato, no podía decir nada sobre ello. Además en el cuerpo estaba generalizado ese tipo de vida. Comencé a frustrarme y a no disfrutar de mi trabajo. Jimmy dejaba pasar cualquier cosa mientras se llenase los bolsillos. Era un cerdo cabrón. Teníamos al asesino de una prostituta acorralado y Jimmy le dejó libre por 50 miseros dólares. No lo ocultaba, se sentía intocable.
Con los años pude cambiar de compañero y realizar mi trabajo tranquilo, pero siempre bajo la sombra que la corrupción del cuerpo de policía ejercía sobre todos nosotros. Reconozco que yo hice la vista gorda ante ciertos delitos menores, pero siempre para ayudar a la gente más pobre. La cárcel o las multas para los más desfavorecidos muchas veces significaba la muerte.
Finalmente me pude casar con el amor de mi vida, estaba preciosa el día de nuestra boda, con ese vestido blanco y el pelo suelto movido por el aire. Consiguió un perfume con olor a claveles que nunca podré olvidar. A partir de ese día mi corazón fue enteramente de ella.
Pero la vida a veces no es un camino de flores, y pasaban los años sin poder engendrar un hijo. Mi mujer comenzó a frustrarse y a caer en una profunda depresión, apenas comía y se consumía delante de mis narices sin yo saber como poder ayudarla. Esos ojos alegres perdieron su color y ahora reflejaban siempre una tristeza profunda. Fue en ese momento que se me ocurrió la idea de buscarle un trabajo con los orfanatos de la ciudad, sabía que su buen corazón podría dar amor a esos niños desafortunados y que ella podría resurgir haciendo ese trabajo. Así fue como resurgió y no he visto persona con mayor dedicación para con esos niños. Maldito el día que se me ocurrió la idea.
Pude ascender en mi puesto de trabajo, y me obsesionaba la idea de acabar con la corrupción de Jimmy, era descarado, pero nadie se atrevía a mover un dedo en contra de él. Llevaba media vida en el puesto y tenía pillado por un huevo a medio gobierno y por otro a la mitad de los altos cargos de la comisaría. Así fue como conocí a Andrew Taylor.
Venía persiguiendo a un fugitivo desde el oeste y cruzó su camino con Jimmy, el cuál protegía a este fugitivo. Por suerte Andrew tenía contactos con el Gobernador de New Hanover, y ya había tratado con este tipo de calaña. En dos días tenía metido en el calabozo al fulano, y Jimmy tuvo que tragarse sus palabras. Fue entonces cuándo le día la enhorabuena y le puse al corriente de cómo se movían las cosas por la zona.
- Te ayudaré. - Me dijo con una sonrisa-
Volví a conseguir un ascenso en el área investigativa y pude formar mi propio equipo de agentes honorables. Comenzamos a funcionar enseguida, sabíamos perfectamente cómo actuar y contra quien, desmantelamos varias bandas de delincuentes el primer mes, sin siquiera despeinarnos. Y como efecto secundario a Jimmy se le estaban acabando los negocios. Su economía se resentía, y me encantaba ver sufrir a ese cabrón.
Pero una noche mi mundo se frenó en seco, Andrew entró por la puerta con la peor noticia de mi vida.
- Buck, amigo, tú…., tu mujer…
No acabó la frase, su cara lo dijo todo, me derrumbé. No supe cómo interpretarlo, enmudecí de repente, las sienes me palpitaban y un sentimiento desconocido para mi hasta ese momento me invadió el alma.
Mi corazón, mi más preciado ser del mundo, salía del orfanato más tarde de lo normal, como siempre su dedicación le impedía dejar a ningún niño sin cenar. Cuándo un malnacido la intentó robar, y en el forcejeo le sajó una puñalada en el cuello. Dejándola desangrarse en el suelo como a un perro.
Me hundí, dejé el trabajo y volví a la granja de mis padres, ahora era yo el que estaba profundamente depresivo pero no tenía nadie que me diera un consejo para salir de ahí.
Andrew se volvió a presentar en la puerta de la granja con un sobre en la mano y una oferta que proponerme. El gobernador de New Hanover le iba a proponer para sheriff de un pueblo del condado. Valentine, un pequeño pueblo de granjeros que necesitaba un buen hombre para llevar la ley a sus habitantes. Y Andrew quería que le acompañara si así lo deseaba.
Negué con la cabeza, no me apetecía, sólo quería que todo acabara para mi, pero justo antes de irse me extendió el sobre.
- Por si cambias de opinión, siempre tendrás un hueco.
Y así sin más se marchó.
No abrí el sobre hasta la noche bajo la luz de una vela. Y cuándo lo hice la depresión desapareció. Empujada en un rincón de mi alma el cuál fue ocupado por una ira casi incontrolable.
Tenía las pruebas ante mí de quién había sido el autor de la muerte de mi mujer. Un negro que vivía cerca del orfanato y había sido detenido en múltiples ocasiones. Conocía a ese hijo de puta.
Quise salir por la puerta directo a buscarle, pero gracias a un impulso me contuve y decidí planear bien la muerte de ese bastardo.
Comencé a seguirlo entre las sombras a ver cuáles eran sus movimientos. Ya no tenía acceso a los datos de la comisaría porque abandoné mi trabajo pero pude conseguir toda la información que necesitaba.
Pasadas dos semanas de seguimiento vi como entraba a una casa a las afueras de la ciudad. Y entré detrás de él apuntándole a la cabeza. Era una casa pequeña, con un pequeño pasillo y un salón al fondo. La chimenea ardía en el salón y el olor a humo inundaba toda la estancia. Al fondo vi otra figura y le dí la orden de girarse con las manos en alto.
- Buck! Buck eres tú? Preguntó la voz. Y lo reconocí al instante, era el cerdo de Jimmy.
Les senté a los dos en un sofá y comencé a darle culatazos al negro para que me diga porqué lo había hecho. Y comenzó a cantar como un gitano en una boda.
- ¡Ha sido él! - señalando a Jimmy- Él me lo mandó, me pagó 100 dólares si la mataba!
La siguiente escena que recuerdo fue media cara del negro colgar hacía un lado. Nunca había rematado un hombre de esa manera hasta aquel momento. La sangre salpicó la cara de sorpresa de Jimmy, que claramente se le había jodido la noche.
- ¿Estás loco? ¿Qué vas a hacer desgraciado?
- Justicia. -susurre y apreté el gatillo-
Provoqué un pequeño incendio en la casa, y esa misma noche cogí un buen caballo para dirigirme al oeste. Sin planearlo acepté la oferta de Andrew.